Todos los directores de películas de misterio buscan tener al público en ascuas. El ingrediente para mantenerlos allí se llama “suspenso”. Los productores lloran por él, los escritores lloran en agonía para obtenerlo y los actores lloran de felicidad cuando lo consiguen. Me han pedido a menudo que explique qué es. Según mi parecer, el suspenso se logra cuando conseguimos que los miembros del público se crean Dios.Por ejemplo, imaginemos que un hombre ha sido asesinado, y todos son posibles sospechosos, pero nadie está seguro, incluido el público. Uno de los personajes, un hombre joven, se encuentra en una habitación sombría de espalda a la puerta cuando un personaje sin identificar, con capa y sombrero negro, entra sigilosamente y le pega hasta que pierde el conocimiento. Es un acto brutal, pero, si el público no sabe si el joven es un asesino o un héroe, no sabrá si aplaudir o llorar. Si los espectadores sí lo saben, si les han contado todos los secretos que los personajes desconocen, sufrirán como condenados porque conocen el destino al que se enfrentan los pobres actores. Eso es lo que se conoce como “creerse Dios”. Eso es suspenso. 

El cuenco de plata
Páginas: 384
Medidas: 14 x 21 cm
Encuadernación: tapa blanda
ISBN 9789873743740

Hitchcock por Hitchcock - Alfred Hitchcock

$1.150,00
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Todos los directores de películas de misterio buscan tener al público en ascuas. El ingrediente para mantenerlos allí se llama “suspenso”. Los productores lloran por él, los escritores lloran en agonía para obtenerlo y los actores lloran de felicidad cuando lo consiguen. Me han pedido a menudo que explique qué es. Según mi parecer, el suspenso se logra cuando conseguimos que los miembros del público se crean Dios.Por ejemplo, imaginemos que un hombre ha sido asesinado, y todos son posibles sospechosos, pero nadie está seguro, incluido el público. Uno de los personajes, un hombre joven, se encuentra en una habitación sombría de espalda a la puerta cuando un personaje sin identificar, con capa y sombrero negro, entra sigilosamente y le pega hasta que pierde el conocimiento. Es un acto brutal, pero, si el público no sabe si el joven es un asesino o un héroe, no sabrá si aplaudir o llorar. Si los espectadores sí lo saben, si les han contado todos los secretos que los personajes desconocen, sufrirán como condenados porque conocen el destino al que se enfrentan los pobres actores. Eso es lo que se conoce como “creerse Dios”. Eso es suspenso. 

El cuenco de plata
Páginas: 384
Medidas: 14 x 21 cm
Encuadernación: tapa blanda
ISBN 9789873743740